15 Dic Habemus Pactum: un acuerdo histórico para el cuidado de la Casa Común

“para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos,

que hace salir su sol sobre malos y buenos,

y hace llover sobre justos e injustos.”

(Mateo 5, 45)

 

El pasado fin de semana la humanidad dio un gran paso hacia el cuidado del planeta.

La Conferencia que se reunió en París para tratar la problemática del cambio climático finalizó con éxito. Los delegados de los 195 países asistentes lograron aprobar el sábado el primer acuerdo universal de lucha contra el cambio climático que se espera podrá entrar en vigor a comienzos de 2016.

El cambio climático es la suba de la temperatura del planeta a causa de la acumulación de gases contaminantes en la atmósfera, lo cual impide que las radiaciones infrarrojas que emite la Tierra al calentarse, salgan al espacio.

Según los científicos, si la contaminación sigue y no se adoptan medidas para evitarlo, la temperatura media seguirá subiendo y tendrá graves consecuencias. Algunos efectos ya han sido advertidos como la disminución de la cantidad de nieve y hielo en la Tierra, elevación del nivel del mar, olas de calor, sequías, inundaciones y huracanes.

Antecedentes

COP21 (tal el nombre de la Conferencia de París) es la forma abreviada del inglés para la vigésimo primera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Este larguísimo título fue creado en la cumbre celebrada en 1992 en Río de Janeiro, donde por primera vez se reunieron los países preocupados por el cambio climático. Allí se acordó una convención que entró en vigor en 1994 y que ha sido suscrita por 195 países.

El mundo, en estas más de dos décadas, ha cambiado y aquel documento ha quedado desfasado, fundamentalmente en los anexos, donde se establecía el listado de países desarrollados que estaban obligados a reducir sus emisiones. Veintitrés años después, los industrializados de los anexos solo representan alrededor del 35% de las emisiones mundialesY China e India, que están ya entre las cuatro economías más contaminantes del planeta, se quedaban fuera de los Estados que deben asumir los mayores esfuerzos. Uno de los debates más intensos que han puesto en riesgo este acuerdo ha sido precisamente este: la persistencia o no de aquella diferenciación.

Una causa común y una oportunidad histórica para la Humanidad

La “lucha” contra el cambio climático es una causa común a toda la humanidad que ofrece la posibilidad de unirnos como especie para enfrentar un problema que nos incumbe a todos, mas allá de las ideologías políticas o creencias religiosas.

Es una oportunidad única para coordinar políticas, recursos, esfuerzos, acciones, con un objetivo común. Si bien es claro que los países considerados desarrollados son en principio más responsables por las incidencias que han producido en las variaciones de los procesos climáticos y que también son quienes tienen más recursos para afrontar las soluciones o quienes mejor podrían resistir sus consecuencias, una postura egoísta e individualista no seria la solución pues en este asunto no hay soluciones parciales que puedan beneficiar a algunos. Aquí la única opción es encarar el problema como una causa común, aunando esfuerzos. Reduciendo la problemática a términos coloquiales, para graficarlo claramente diríamos que o nos salvamos todos, o no se salva nadie”.

Muchos factores han contribuido para que hoy podamos llegar a este momento de acuerdo inédito por el alcance del compromiso logrado. Seria imposible enumerar todos los esfuerzos precedentes, con sus aciertos y fracasos, que han ido germinando el terreno para que la toma de conciencia sobre el problema se fuese universalizando y saliera de los ámbitos académicos y de las ONG especializadas, para llegar a la sociedad en general.

Pero sí debemos mencionar que en este último tiempo se agregaron algunos actores determinantes que dieron un empuje fundamental a la causa:

  1. a) La encíclica Laudato Si del Papa Francisco.

Por primera vez en la historia del magisterio, un Pontífice escribió una encíclica sobre la ecología abarcando todos sus aspectos y haciendo un llamado concreto a toda la humanidad para lo que denominó “el cuidado de la casa común” exhortando a la lucha contra el cambio climático a través de la fraternidad y la conciencia ecológica. El cambio climático es un problema transversal que sin distinción de credo, nacionalidad, género o ideología atañe a toda la humanidad.

El documento jerarquizó el problema y lo puso en la primera fila de la vidriera mundial difundiendo la idea de responsabilidad compartida por todos y vinculando el cambio climático con la situación de injusticia y pobreza en el mundo. Viniendo de uno de los líderes de mayor influencia global, ya no era posible mirar para otro lado. La encíclica es muy exhaustiva en su contenido y no se queda en enunciados teóricos o aspiraciones vacuas sino que enumera todos los aspectos de la problemática ecológica entre los que dedica varios párrafos al cambio climático.

Consciente de la trascendencia del problema que no puede ser limitado geográfica ni ideológicamente, Francisco incluye citas de líderes espirituales de otras creencias religiosas tales como el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, jefe de la Iglesia ortodoxa, la autora islamista sufí Eva de Vitray-Meyerovitch, el místico sufí Ali Al-Khawas y el filósofo protestante Paul Ricœur.

  1. b) El compromiso de los principales líderes políticos del mundo.

Ya sea por la influencia del Papa, por el lento pero continuo accionar de las ONG o bien por sus convicciones personales, lo cierto es que los principales líderes políticos del mundo recogieron el guante del cambio climático. Barack Obama fue el primer presidente de la historia de los Estados Unidos en hacer un compromiso fehaciente de política de estado al respecto.

La presidenta de Alemania Ángela Merkel, al comienzo de la conferencia de París, despejó las dudas y temores de quienes venían luchando por conseguir compromisos efectivos, al manifestar que cualquier logro al que se llegara debería tener carácter vinculante. Esto es de vital importancia pues se trata de que las medidas no sean simplemente declarativas. Como suele suceder en estas conferencias o declaraciones conjuntas cuando hay muchos participantes, es tan difícil lograr acuerdos que, o bien se termina en declaraciones diluidas sin verdadero contenido, o bien se llega al otro extremo de la grandilocuencia con objetivos que son música para los oídos, pero que la falta de mecanismos de control y auditoría para su implementación los convierte en letra muerta en la práctica. Son declaraciones retóricas que sirven de poco.

No fue este el caso en la conferencia de París ya que la hábil diplomacia francesa, obedeciendo directrices del presidente Hollande, supo conducir las negociaciones hasta lograr plasmar los anhelos y compromisos en el documento final.

  1. c) La activa colaboración de importantes grupos económicos.

Sabido es que los líderes espirituales y los activistas de una causa marcan el horizonte al que debiéramos llegar. Luego atañe a los políticos implementar las herramientas para trabajar al servicio de la sociedad y sus necesidades, pero es innegable que el apoyo o la oposición de los grandes grupos económicos puede ser un factor clave que incline hacia el éxito o el fracaso cualquier medida que se procure llevar adelante. Contar con el aval y apoyo de los empresarios siempre es un aporte fundamental a las causas.

En esta oportunidad pareciera que se alinearon los planetas ya que un conjunto de grandes referentes del mundo económico con Bill Gates a la cabeza se unió para crear un multimillonario proyecto sobre energías renovables llamado “Breakthrough Energy Coallition”. Se trata de un fondo integrado por un grupo de 28 miembros que abarcan entidades públicas y privadas, y en el que se incluyen gobiernos nacionales, millonarios filántropos, gestores de fondos de inversión y CEOs de empresas tecnológicas.

El acuerdo de París

Luego de dos semanas de negociaciones los delegados acordaron un texto que deberá ser ratificado por 55 países que representen al menos 55% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

Su importancia radica en que se trata del primer acuerdo en el que tanto naciones desarrolladas como países en desarrollo se comprometen a gestionar la transición hacia una economía baja en carbono.

Ante el fracaso hasta ahora de los intentos por fijar metas obligatorias individuales a cada país —el Protocolo de Kioto (1998) apostó por esa fórmula y solo logró cubrir el 11% de las emisiones mundiales— ahora se le da la vuelta al proceso. Se pone una meta obligatoria: El documento establece el objetivo de lograr que el aumento de las temperaturas se mantenga “muy por debajo¨ de los dos grados centígrados y compromete a los firmantes a «realizar esfuerzos» para limitar el aumento de las temperaturas a 1,5 grados en comparación con la era pre-industrial.

Luego, cada país pone sobre la mesa sus aportaciones voluntarias para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero nacionales. Todo el que firme y ratifique el pacto deberá aportar contribuciones con las limitaciones de gases. Pero a los desarrollados se les fijan mayores exigencias. Por ejemplo, se establece que ellos deberán “seguir encabezando los esfuerzos” en reducción de emisiones.

Hasta el momento se consideraba el aumento hasta los dos grados centígrados como límite tolerable para el calentamiento global. Sin embargo, muchos activistas consideraban que esto era una opción a largo plazo que no permitía acciones concretas.

Para el logro de los nuevos objetivos propuestos, los países se comprometen a fijar cada cinco años sus objetivos nacionales para reducir la emisión de gases de efecto invernadero. De los 195 países participantes en la cumbre 186 ya lo han hecho.

Las naciones se proponen que las emisiones toquen techo «tan pronto como sea posible», reconociendo que esta tarea llevará más tiempo para los países en desarrollo, y que se efectúen reducciones rápidas a partir de ese momento. Además, los países se comprometen a lograr «un equilibrio entre los gases emitidos y los que pueden ser absorbidos» en la segunda mitad de siglo, lo que viene a suponer cero emisiones netas, o dicho de otro modo: no se pueden lanzar más gases que los que el planeta pueda absorber por sus mecanismos naturales o por técnicas de captura y almacenamiento geológico.

El texto establece que los países considerados “ricos” seguirán ofreciendo apoyo financiero a los países “pobres” para ayudar a reducir sus emisiones y adaptarse a los efectos del cambio climático, aunque no hace mención a montos específicos. Con anterioridad los países ricos se habían comprometido a otorgar US$100 mil millones anuales en financiamiento hasta el 2020.

La intención de financiar debe ser comunicada dos años antes de transferir los fondos, de manera que los países en desarrollo puedan hacerse una idea de con qué montos cuentan. Las naciones ricas deberán movilizar un mínimo de 100.000 millones anualmente desde 2020 para apoyar la mitigación y adaptación al cambio climático en los países en desarrollo, así como revisar al alza esa cantidad antes de 2025.

Si bien no se incluyeron sanciones para los países que no cumplan con los compromisos, habrá un mecanismo transparente de seguimiento del cumplimiento para tratar de garantizar que todo el mundo hace lo prometido, y que advierta antes de que expiren los plazos si los países van o no por la senda del cumplimiento.

Las principales diferencias con el anterior acuerdo de Copenhague 2009

Una de las razones por el que el acuerdo de Copenhague fue considerado un «fracaso» por las organizaciones ambientales es que al carecer de efectos vinculantes, el pacto no tenía la suficiente validez que le permitiera ejecutar lo que se había acordado. El acuerdo de París, en cambio, si tiene efectos vinculantes.

Esto significa que el texto final firmado en París tiene efectos jurídicos sobre los países que están comprometidos con el pacto del COP21.

El acuerdo adoptado es legalmente vinculante pero no la decisión que lo acompaña ni los objetivos nacionales de reducción de emisiones. No obstante, el mecanismo de revisión de los compromisos de cada país sí es jurídicamente vinculante para tratar así de garantizar el cumplimiento.

La otra gran diferencia es sobre el tema del aumento de la temperatura global. Fue en Copenhague donde se estableció el límite de dos grados centígrados del que se viene hablando últimamente, pero ahora ese límite ha sido fijado muy por debajo de los dos grados centígrados.

En aquella ocasión se estableció que la temperatura no debía aumentar por encima de los dos grados centígrados respecto a la temperatura que existía antes de la era industrial (siglo XIX).

Esta medida también había sido criticada por líderes ambientales que aseguraban que no permitía tomar acciones concretas que redujeran en el corto plazo el calentamiento del planeta.

Los expertos coinciden en destacar que los principales puntos del acuerdo de París son:

  • El aumento de la temperatura global debe estar muy por debajo de los dos grados centígrados.
  • El acuerdo es jurídicamente vinculante para los países firmantes.
  • Fondos cercanos a los US$100.000 millones para los países en desarrollo a partir de 2020.
  • Se revisará cada cinco años.

El acuerdo de París ha sido muy bien recibido en general por todos los sectores. El grupo ambiental Greenpeace señaló que estaba de acuerdo con el texto final porque ponía a los «productores de petróleo en el lado de los equivocados de la historia».

En tiempos difíciles para la humanidad en que los viejos fantasmas de fanatismos religiosos parecieran acecharnos con renovado vigor, una luz de esperanza renace con el compromiso de trabajo común en una tarea que nos incumbe a todos los seres humanos por igual.

Por Facundo Della Torre – Director de Fundraising de La Machi.